“La grabadora oye, pero no escucha”

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Por: Víctor Herrera

Así, de manera clara, tajante e irrefutable, se expresaba en octubre de 1996 —hace 30 años— Gabriel García Márquez en un memorable discurso ante la 52.ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles, California.

Gabo declaraba allí que el manejo profesional y ético de la grabadora (como símbolo de los avances tecnológicos de entonces, que hoy podemos extrapolar a nuestros días) estaba por inventarse: «La grabadora… repite —como un loro digital—, pero no piensa; es fiel, pero no tiene corazón; y, a fin de cuentas, su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral».

Su disertación constituye un aporte crucial al actual debate sobre el escenario que enfrenta el periodismo ante las nuevas tecnologías y, especialmente, ante la IA (Inteligencia Artificial). Aquel extraordinario discurso del Nobel mantiene una vigencia sorprendente, hasta el punto de que quien desee comprender lo que ha significado el periodismo en los últimos años y cuáles son los principios que deben regirlo en la actualidad, debería leer obligatoriamente “Periodismo: el mejor oficio del mundo”https://centrogabo.org/gabo/gabo-habla/periodismo-el-mejor-oficio-del-mundo.

García Márquez, como si fuera hoy, nos señala el camino que debe elegir el periodismo frente a tantas amenazas: el poder en todas sus manifestaciones (político, gubernamental, económico, ilegal e incluso el de los propios medios de comunicación), que con frecuencia se incomoda ante su labor y trata de debilitarlo o hacerlo desaparecer; aquellos “colegas” que ejercen el oficio desde la militancia ideológica o movidos por intereses económicos propios o de terceros; y, ahora, los nuevos “líderes de opinión” (influencers o generadores de contenido), a quienes recientemente la Corte Constitucional les recordó los límites y responsabilidades de su actividad. A ello se suma la creciente alienación de los ciudadanos frente a las redes sociales y la influencia que los algoritmos ejercen sobre sus percepciones, decisiones y voluntades.

Gabo advierte que: “en el caso específico del periodismo parece ser…que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro”. Sentimos que recomienda al periodista su retorno cara a cara con el ciudadano, a su entorno, analizando el contexto, conociendo de viva voz sus inquietudes, deseos, necesidades, sufrimientos y expectativas, para poder sentir e interpretar lo que concibe. Para dejar de seguir sumidos y obnubilados con la tecnología, convertidos simplemente en “trabajadores de los medios”, como diría el maestro Ryszard Kapuscinsky.

Nuestro Nobel hablaba entonces de cultura, criterio, pensamiento crítico, atención, humanismo, rigor y sobre todo ética en la formación del periodista. Advertía a las nuevas facultades de Comunicación Social, también llamadas de Periodismo: “…toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón…”

De esto último también nos advierte otro maestro, Juan Gossain: “La nueva ética en el periodismo, se llama responsabilidad”.

Ante tanta incertidumbre es necesario que el periodismo vuelva la mirada hacia las enseñanzas de los maestros del oficio. Pero, sobre todo, debe volver a ejercer la labor al lado del ciudadano y desde su perspectiva – algo así planteaba hace muchos años Ignacio Ramonet cuando hablaba del “Quinto poder”- para encarnar nuevamente su verdadero papel de contrapoder y de defensor y garante del ejercicio de sus derechos fundamentales.

No queda otro camino: ¡hacer periodismo!

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