Campamentos “Fútbol con valores” impulsan la inclusión para niños con discapacidad en Colombia

72

Con más de 140 campamentos y 28.000 niñas y niños impactados, la líder deportiva Liliana Zapata cuenta cómo el proyecto —apoyado por empresas y medios— convirtió el fútbol en una escuela de respeto, solidaridad y diversidad, y abrió la puerta a los primeros campamentos para personas con síndrome de Down.


A las 8:00 de la mañana la cancha de La Tivoli ya respiraba fútbol. No era solo la energía de los calentamientos ni el eco de balones contra el césped; era la risa contenida de niñas y niños que descubrían que, en una grada o en un grupo, el fútbol puede ser mucho más que competir: puede ser una casa para la diferencia.

Liliana Zapata, con más de 45 años ligada al fútbol femenino, dirige desde la experiencia una propuesta clara: “Fútbol con valores”. No buscan formar el próximo delantero estrella ni medir goles, dice; buscan sembrar honestidad, respeto, solidaridad y juego limpio. “No vinimos a sacar campeones futbolísticos; tal vez campeones de la vida”, afirma con la misma convicción con la que enumera los logros del programa.

El proyecto, liderado por Bancolombia y amplificado por medios locales, suma más de 140 campamentos en diferentes municipios y ha impactado a más de 28.000 niñas y niños. En Barranquilla, el reto reciente fue incluir a niños y niñas con síndrome de Down: “Es el primero. Abrir esa puerta fue retador, pero maravilloso. Es incluyente, es diverso, es de verdad”, dice Zapata.

La logística no es menor: los grupos son reducidos —entre 8 y 30 participantes por turno—, con horarios escalonados (8:00–10:00, 10:00–12:00, 14:00–16:00) y profesionales especializados, incluidas profesoras en lenguaje y manejo de la comunicación con personas con discapacidad. “Si uno viene a enseñar, viene a aprender”, reconoce la entrenadora, y destaca la paciencia y solidaridad que ha encontrado entre el equipo docente y las familias.

Los niños se van a casa con más que una camiseta y una pelota: se llevan una experiencia que les reconoce su condición como parte de la sociedad. “El fútbol es un igualador; hace parte de la canasta familiar y los niños con Down hacen parte de esta sociedad”, subraya Zapata. Y recuerda que el mayor aprendizaje es humano: “Todos estamos hechos de lo mismo, pero somos diferentes. Si quiero que me respeten, tengo que respetar la diferencia”.

Detrás del entusiasmo también aparece la propuesta concreta: replicar el modelo en otras ciudades y sumar aliados. “Los medios, la empresa privada y los deportistas haríamos una triada brutal”, asegura. Para Zapata, el retorno no es solo financiero o publicitario; es el “salario emocional” de ver a una comunidad transformada y a otras organizaciones inspiradas a replicarlo.

Las dificultades prácticas se superan con ajustes simples: grupos pequeños, pausas para almuerzo, equipos y rutinas adaptadas. Pero el impacto va más allá de lo operacional: muchos participantes sorprendieron a sus entrenadores por su inteligencia, afecto y capacidad de respuesta. “A veces son más inteligentes que uno; te dejan sin palabras”, confiesa.

El sueño ahora es ambicioso pero concreto: intercambios entre ciudades (Barranquilla – Medellín0 por ejmeplo) y, quizá, un primer campeonato inclusivo que visibilice el trabajo hecho hasta ahora. Zapata insiste en evitar la sobreprotección: “Hay que darles libertad, guiarlos, no amarrarlos; hacerlos útiles y no apartarlos”.

En una mañana típica de campamento, mientras el sol sube y las sonrisas se multiplican, queda claro el mensaje que Liliana Zapata repite con emoción y firmeza: el fútbol puede ser escuela de valores y puente para la inclusión. Lo importante, concluye, es que esa puerta —por fin abierta— no se cierre.

Spread the love