En una escena que mezcla fervor religioso, tradición ancestral y un poderoso simbolismo de sacrificio, decenas de hombres y mujeres encapuchados recorren las calles polvorientas de Santo Tomás cada Viernes Santo, en una de las manifestaciones más sobrecogedoras de la Semana Santa en Colombia: la procesión de los flagelantes.
Vestidos con túnicas blancas, pies descalzos y el rostro cubierto, los penitentes caminan en silencio mientras se azotan la espalda con cuerdas o cadenas. Lo hacen por promesas, por fe o en acto de agradecimiento, en una práctica que se remonta a tiempos coloniales y que ha sido transmitida de generación en generación.
“Este es un compromiso con Dios. Vengo pagando una promesa que hice por la salud de mi madre”, cuenta uno de los flagelantes, cuya identidad permanece anónima como parte del ritual. “El dolor es físico, pero lo que se siente en el alma es mucho más fuerte.”
La procesión inicia en las primeras horas de la tarde del Viernes Santo y recorre las principales calles del municipio, acompañado por una multitud que observa en silencio, en señal de respeto. El ambiente se llena del sonido de los golpes, los rezos y los cánticos religiosos, creando una atmósfera única que conmueve tanto a locales como visitantes.
Para la comunidad tomasina, este acto no es un espectáculo, sino una expresión de espiritualidad profunda. Aunque ha sido objeto de debate por su naturaleza extrema, los habitantes defienden la tradición como parte integral de su identidad cultural y religiosa.

A pesar de su impacto visual, la práctica se realiza bajo vigilancia médica y con ciertas restricciones para evitar riesgos mayores. En los últimos años, autoridades locales y líderes religiosos han buscado equilibrar la preservación de la tradición con el respeto por la salud y el bienestar de los participantes.
La procesión de los flagelantes no solo es un acto de devoción, sino también un reflejo de la riqueza cultural del Caribe colombiano, donde la fe se expresa con intensidad, cuerpo y alma




