Juego limpio para niños, trabajo decente para adultos: Colombia reduce el trabajo infantil en 9 %, pero más de un millón de niñas, niños y adolescentes siguen atrapados en esta realidad.
En el marco del Día Mundial contra el Trabajo Infantil, que se conmemora este 12 de junio, Colombia llega con una noticia de doble lectura: aunque el país logró reducir el número de niñas, niños y adolescentes trabajadores, el problema sigue afectando a cientos de miles de menores y mantiene profundas brechas sociales, territoriales y de género.
De acuerdo con cifras del DANE, el número de menores entre 5 y 17 años que trabajaban pasó de 311.000 en 2024 a 302.000 en 2025, lo que representa una reducción cercana al 9 %. Sin embargo, la dimensión real del fenómeno supera el millón de niñas, niños y adolescentes cuando se incluyen las labores domésticas y de cuidado no remuneradas, una carga que recae principalmente sobre las niñas.
Las diferencias entre el campo y la ciudad siguen siendo preocupantes. Mientras la tasa de trabajo infantil en las zonas urbanas se ubica en 1,8 %, en las áreas rurales alcanza el 5,8 %, es decir, más de tres veces el nivel registrado en las ciudades. Aunque en las zonas rurales vive una menor proporción de la población infantil, allí se concentra más de la mitad de quienes trabajan.
La situación también evidencia una marcada brecha de género. En el trabajo infantil económico predominan los hombres: 225.000 niños y adolescentes, equivalentes al 74,5 % del total. Sin embargo, cuando se incorporan las actividades domésticas y de cuidado no remuneradas realizadas durante 15 horas o más a la semana, el peso recae sobre las niñas y adolescentes. En 2025, cerca de 1,18 millones de menores se encontraban en esta condición y casi seis de cada diez eran mujeres. La tasa ampliada de trabajo infantil alcanzó el 10,8 % a nivel nacional, llegó al 16,5 % en las zonas rurales y se elevó hasta el 28,9 % entre los adolescentes de 15 a 17 años.
Las razones que explican la permanencia de este fenómeno reflejan también factores culturales y económicos. Según el DANE, el 52,8 % de los menores trabajadores afirma que le gusta trabajar para tener su propio dinero; el 20,4 % señala que debe participar en la actividad económica familiar y el 15 % asegura que necesita ayudar con los gastos del hogar o financiar sus estudios.
A ello se suma una preocupación adicional: el trabajo infantil peligroso, entendido como aquel que pone en riesgo la salud, la seguridad o la integridad de los menores. Esta modalidad afecta en mayor medida a los niños y adolescentes hombres, con una incidencia del 5 %, frente al 1,9 % registrado entre las mujeres. Según cifras citadas por el ICBF con base en información de la OIT y Unicef, buena parte de estas actividades se concentra en el sector agrícola (46 %), seguido por los servicios (37 %) y la industria (16 %).
Aunque los indicadores muestran avances, desde CODESS advierten que la reducción del trabajo infantil avanza a un ritmo cada vez más lento y que sus consecuencias continúan siendo profundas. Trabajar durante la infancia reduce el tiempo destinado al estudio, al juego, al descanso y a la socialización; aumenta el riesgo de lesiones, violencia y agotamiento; y puede generar efectos emocionales como ansiedad, miedo, baja autoestima y una temprana asunción de responsabilidades propias de la adultez.
La evidencia es contundente: en 2024, cerca de 46 de cada 100 niñas, niños y adolescentes que trabajaban no asistían al colegio. Esta realidad convierte al trabajo infantil en una de las principales fuentes de reproducción de la desigualdad, pues limita las oportunidades educativas, reduce las posibilidades de movilidad social y perpetúa los ciclos de pobreza entre generaciones.
Para CODESS, el desafío de 2026 no consiste únicamente en reducir una cifra estadística. La prioridad debe ser garantizar que todos los niños y adolescentes ejerzan plenamente sus derechos y cuenten con las oportunidades necesarias para construir un proyecto de vida digno. Erradicar el trabajo infantil no significa apartar a los menores de la economía para dejarlos sin alternativas; significa devolverles tiempo para aprender, jugar, crecer, recibir cuidado y construir un mejor futuro.
«Un país que necesita que sus niños trabajen para sostener la pobreza de los adultos está hipotecando su futuro. La verdadera victoria será que ningún niño tenga que cambiar la escuela o el juego por una jornada laboral.» afirmó Roberto Sierra Manotas, Director de CODESS.



